Y el Puracé lejano

Por Lina Alonso

No es prudente subir los domingos a la montaña, que lo diga San Hernando, el que ve allá sentado botando muela, dígale que le cuente el cuento completo, sobrevivió siete días perdido en pleno páramo después de un domingo cuando recién se senderizó el parque, siete días sin nada de nada, y semejante frío ya se imaginarán ustedes que están aquí también carraquiando, ¡Oiga, Hernando!, y Hernando que asoma mientras golpea las botas de caucho con el borde de la escalera cementada, un brazo apoyado en la columna de bahareque y el otro escondido bajo una cuatro puntas de lana; con cada oleada, con cada golpeteo de las botas salían a volar virutas de barro, el día, a esa hora, estaba hecho una sola sopa de granizo, viento y helada en unos siete grados que nos cachetearon después de bajar las termales de Pisimbalá. 

Continúa San Hernando ¿La razón de no subir los domingos? La más sencilla hombre, nos dice mirando a John, editor de Voces, y a Carlos, ¿Qué hace la gente en los pueblos los domingos? Algunos madrugan a misa, otros sacan la cosecha para venderla en la plaza, se hacen negocios, cambios, se venden bestias o se les cambian los arreos, se hacen o recogen arreglos a la ropa, se lavan los camiones en la vía, se juega en los parques, los que trabajaron toda la semana y tienen en ese día de descanso aprovechan y se toman sus cervezas, muchas, se emborrachan y vuelven montados en sus animales con la cabeza tronada, mejor dicho los domingos todo es un revoloteo, toda la vida importante del comercio se mueve ese día. Pues le digo que lo mismo pasa en las montañas: salen los espíritus que van para hacer ofrendas, los que juegan, los que se emborrachan y hacen maldades, los que limpian los suelos, los que reacomodan a los animales que se fueron por donde no era, los que lavan el agua o le tuercen el cauce, todo, todo se mueve en las montañas los domingos y yo por eso no me vuelvo a meter por allá, porque hace siete años cuando me perdí cinco días en el páramo, me dio por subir un domingo. Incluso, hace poco un grupo de nasas me pidieron que les ayudara con una guianza y les dije que con mucho gusto, cuando me dijeron el día me les bajé del bus, y efectivamente por allá se les revolcó el camino y se perdieron, pero bueno, ellos eran siete, yo estaba solo con mi canchoso no más.

A estas alturas, cocineras, meseros, comuneros (indígenas de la minga organizados para labores colectivas, como las de la guianza al interior del Parque Nacional Natural del Puracé) y niños que andaban remolcando volquetas de plástico en la espalda de los perros detuvieron sus quehaceres, todos estábamos comiendo uña con la historia de San Hernando quien solo tenía en la mano un chamizo con el que sacaba los restos de lodo de la comisura de sus botas, de un carraspeo aclaró la garganta y pidió otro pocillo de aguapanela. Y bueno, nos alivió saber que esta historia la estábamos escuchando un lunes festivo.

Continúa san Hernando, Mis padres los dos son también nasa, padre coconuco y madre nasa paez, sin embargo mi madre era la que me advertía y yo no la escuché, ella sí me dijo una vez que conseguí el trabajo en el parque, que con cuidado los domingos, y bueno ese día en cuestión yo recién entrado me fui disque a buscar el nacimiento de un arroyo con mi perrito que alguien abandonó en un chamizal, lo bautizó Roqui, y Roqui se quedó con su pelaje aceitoso y abullonado hasta el día de hoy que le sigue lamiendo los talones a su compañero de extravíos. Buscando el nacimiento del arroyo de azufre y adivinando las huellas de un zaino se fue adentrando más y más hasta que en una parte del bosque, ya páramo cerrado, escuchó unos ladridos, la caza está prohibida en todos los parques nacionales del país, y oír un perro un domingo era señal de algún cazador, así que se fue siguiendo los ladridos para advertirle de la prohibición a quien fuera que cargara la escopeta. 

Caminó y caminó tras los latidos del perro y Roqui le olisqueaba los pasos, sumado a eso comenzó a ver más marcadas las huellas del zaino y para él era importante: nunca en su vida había visto uno y esta era la oportunidad, sin embargo llegó a un punto donde el camino se le cerró totalmente, era medio día y es sabido que monte adentro oscurece siempre más tarde, que al no haber entrada de luz directa y conservar el bosque su cerrazón es la oscuridad la que tiene más campo entre ramas y recovecos, Hernando pensó en devolverse, pero no había camino, no había huellas, y el terreno de páramo tiene la particularidad de volver a su sitio el peso de las huellas cuando se camina por entre suelo de líquen, al suelo húmedo poco le importan las pisadas, las deshace con facilidad.

Así, tratando de encontrar camino se le fue el día, la temperatura bajó y comenzó a llover como es costumbre en estas alturas ¿Cuál altura? La de unos 2.500- 4.000 mts. Con frío, cansancio y sin luz se fue recogiendo en los recovecos de los árboles, recordemos que las centígrados a esas alturas pueden llegar a los menos dos si estamos bien arriba, sumado a eso el hambre y la ropa mojada, enlazan los elementos para el desastre. Ya en  total oscuridad, Hernando pasó la primera noche después de extender la ropa, torcerla un poco para sacarle el agua, los seis días siguientes se repitieron condiciones, rutas desconocidas, senderos improbables, todo los intentos, todas las trepadas, todas las frutas chupadas de fueron acabando, los huesos y sus filos comenzaron a flaquear, las rodillas agachadas ya no sostenía el peso de las horas interminables, se demoronaban como un cúmulo de piedras a cada paso, así hasta que en el borde de la deshidratación, del cansancio, lesiones y hambruna comenzó a debilitarse, su cuerpo estaba agotado, no daba con puntos de ubicación, se le cerraba la montaña, se le abrían boquetes que daban a desfiladeros y ni una grito o señal le daban luces, Roqui también se iba aminorando. Fue entonces cuando el pito de un camión de la minga le dio idea dónde podría estar una carretera y se descolgó como pudo por un precipicio, así dio con su salida, así dio con el fin de su extravío, sin embargo tardó meses en recuperarse, meses en volver a andar y meses en tratar de entender la ruta de su pérdida. El frío le caló tanto en la osamenta que tuvieron que dedicarle rituales varios para que la humedad lo abandonara, familia de su madre lo ayudó en esta parte de la recuperación, San Hernando no volvió a subir los domingos a la montaña y por eso lo conocimos un lunes.

DEL PARQUE 

Del Puracé, Hernando y los gaiser borboteando agua azufrada queda la parte más importante: su lugar en el país y en la historia política como territorio de lucha y resistencia. Buscamos el Puracé para encontrar el lenguaje volcánico, para entender cómo funciona la organización minguera en actividades económicas de sostenimiento comunitario después de haber pasado décadas enteras sosteniéndose en la explotación de azufre, y que ahora con el turismo a cargo del mismo CRIC, ha mantenido la llama de la autogestión comunera, la ha fortalecido para obtener lo que la misma tierra y la familia les solicite. Bajo esta premisa dimos con Germán, un indígena coconuco que nos guió en su oficio de changlero, guía de la comunidad nasa, con él nos encontramos después de salir a las seis de la mañana desde Popayán. Llegar es bastante sencillo, incluso está la vía alterna que toma por Timbío, Rosas, La Sierra y Pancitará hasta Valencia al sur de Popayán, mejor dicho hay buenas vías, y dentro de la misma ciudad algunas agencias de turismo se organizaron dentro de los hostales y son los mismos patojos quienes hacen el puente con los chagleros, elegir entre contratar los servicios de un turismo local a un turismo promovido por el centro del país cambia sin duda el ingreso de dinero en el lugar, y también la capacidad de autogestión y autodeterminación del territorio en sus fines económicos, al fin y al cabo es el Cauca el que conoce su tierra, dueño de su historia, dueño conjunto de su geografía ¿Por qué se empeñarán ciertas agencias de Bogotá de no entregar las llaves de las rutas a los baqueanos y colectivos de los lugares que ofrecen en sus planes? 

Después de hacer el registro de los que ingresaríamos al PNN Puracé en la caseta del CRIC, continuamos a la cascada de San Antonio, cuya caída y olor permitía adivinar su origen azufrado, era el Río Vinagre despeñándose desde más de 30 metros de altura y la razón del olor azufrado y de su color turquesa corresponde a la ubicación: nos encontramos sobre el complejo volcánico coconuco que comprende los picos Puracé, Piocollo, Quriquinga, Calambas, Paletera, Quintin, Los Charcas, Manchagara, Pan de Azucar y Pucara. De todos estos volcanes, los únicos activos son el Puracé, y el Sotará y de ellos su ríos dejan las entrañas de los cauces blancos, la acidez del azufre acaba con todo, es decir, con la posibilidad de vegetación en el lecho de los cuerpos de agua, la cascada reflejaba un poco esa blanquecina naturalidad en la lengua de su despeñadero, el olor lo colmaba todo, la niebla y el rocío no permitían ver toda la montaña a esa hora, igual era temprano, si era una vía concurrida entre veredas, el movimiento era apenas notorio por un par de mulas peludas que mascaban aire.

Declarado por la UNESCO como Reserva de la Biosfera en 1979, el Parque Nacional Natural el Puracé tuvo el mote hasta 1975, y de allí, de la “Montaña de fuego”, nacen el Magdalena, el Cauca, Patía y Caquetá, los ríos tutelares de Colombia, y junto a ellos otras 30 lagunas que alimentan el macizo colombiano en esta parte. Adentrados en la trocha que nos llevó a la primera caseta, una caseta del cabildo, alistamos los aparejos para subir a las Termales de San Juan y el bosque andino delató en sus márgenes otra arista de su belleza: la cantidad de orquídeas que colgaban, actualmente son 200 especies de ellas las que custodia el Parque y junto a ellas pumas, tigrillos, venados soches y cóndores hacen de esta catedral otro motivo más para que las comunidades que viven en sus entrañas preserven palmo a palmo el Parque, y por otro lado tampoco son pocos los resguardos que tienen esta responsabilidad, son los Coconuco, Guachicono, Poblazón, Quintana, Totoró, Polindara, Guambiano y Yanacona quienes están con el bastón de mando aquí.

HUMOS DEL VINAGRE

La primera mina de azufre del país, descubierta en 1948 por el ingeniero Manuel María Mosquera Wallis, quien dio con ella mientras trazaba las vías de la zona, funcionó durante siete décadas hasta el 2018, y fue sustento económico de esta región durante años enteros, claro está, en detrimento al territorio, de la salud de las personas y de la economía monopolizada, sin embargo, durante este tiempo colegios, hospitales y puestos de trabajo anexos al servicio de la mina mantuvieron a flote a la comunidad, después con la resolución de un Conpes, fue que la mina cerró, no solo para diversificar la base productiva de la región, sino por la caída internacional de los precios del azufre en los años noventa y la apertura económica que permitió la importación masiva del producto, uno que sirve como fertilizante, pero también en la fabricación de pólvora, laxantes, fósforos e insecticidas, uno que fue desplazado en el país por el azufre petroquímico, residuo del crudo.

De esta mina vimos poco, adivinamos menos, de las Termales bajamos a la Cascada el Bedón antes de subir la mirador de la Laguna de Andulbio, donde el mismo Germán nos aclaró que la mayoría de los changleros actuales fueron mineros o son hijos de mineros, es decir, estábamos ante las primeras generaciones líderes de una economía turística y no extractivista. 

Atravesando el Valle de los Frailejones se metió el diablo a la camioneta. Todo minero tiene su historia con el diablo y  por el camino Germán nos comenzó a contar unas cuantas, su padre, lo había visto una vez terminando la jornada, muchos de sus compañeros también, era una presencia común, pero no por eso tranquila entre la comunidad, cuando terminamos el recorrido de las piscinas de Pisimbalá caminamos el sendero que comunicaba anteriormente unas terrazas construidas en piedra para que la gente pudiera acampar e incluso hacer fogatas dentro de la misma zona, en ese punto se nos unieron dos changleros más hijos de padres sepultados por la dinamita en la mina “El vinagre” cuyos humos siguen dejando historias hoy. Por el camino musgoso, sucedido por el aire frío que iba trepando a las cuatro de la tarde por nuestras narices, contaban que muchos mineros no entraban a trabajar de noche por los rumores de que el diablo andaba suelto, o que había que pagar un cierto tributo al oscuro para que este alumbrara posibles vetas, Lucifer siendo él mismo: luz y oscuridad y nadie ve mejor es la oscuridad que los mineros, sin embargo hay algo que me llama la atención y es la figura del patas como una especie de castigo a los que no lo ofrendan, salta Taussig entonces para quien “el diablo es un símbolo que refleja adecuadamente la condición de alienación que experimentan los campesinos, cuando se transmutan en trabajadores libres, y es en los términos de esa conflictiva experiencia, en donde se ancla la interpretación y la crítica por parte del fetichismo precapitalista, al fetichismo de la mercancía.” es decir, el diablo justifica la muerte de todos lo mineros por el favor de haberles dado luz sobre las vetas que debían explotar y el pacto de permiso a la montaña que iban a dinamitar, el azufre del Puracé cargó decenas de cuerpos en sus gramos y la comunidad indígena está repletica de estos relatos.

Volviendo al volcán, tengo que aclarar que no subimos. El cráter es el ojo de fuego que mira al cielo y por eso buscar el Puracé es buscar un lenguaje celeste, pero ígneo, de trazo azufrado de aguas calientes, de vegetación paramuna y retrechera, no llegamos a él, ni mucho menos a sus faldas, la alerta meteorológica seguía por el sector, las fumarolas hablan, el Ruíz hablaba en volutas de humo y nosotros solo divisamos el Puracé lejano.