Peregrinación de Rostros

Por Lina Alonso

Reportera Itinerante

Abril. Popayán. En la esquina de la 11 y la 4 se reúne una multitud particular: mujeres negras, indígenas, jóvenes, transexuales, campesinos, perros, una niña con un reloj que ella misma dibujó en su muñeca, un anciano desollado, otra mujer con un pez muerto en sus manos, otro con una mirada desorbitada, otro niño recostado con sus 60 centímetros de ternura en la pared, una anciana con tantas arrugas como un árbol milenario, más y más niños, en fin, si Ismael Rivera hubiera pasado por allí habría dejado su proclama “Los bellos rostros de mi raza negra están llenos de lágrimas, de pena y de dolor”, como él los vio, como un desfile de melaza en flor, como esta multitud el viernes 8 de abril.

Quedan pocos días para que comiencen las tradicionales peregrinaciones de Semana Santa, después de meses enteros en los que la pandemia ha apagado el fervor de los católicos, las calles no ven la hora de celebrar la apertura de la fiesta: todas las esquinas huelen a pintura blanca fresca, los vendedores ambulantes de camándulas y figuras religiosas vuelan de un lado a otro, los puestos con flores y pequeños altares, que adornan a la Virgen de los Dolores, relucen en las esquinas y varios comercios de la ciudad con sus puertas recién lacadas brillan entre la gente; el gesto de entusiasmo de los trabajadores que viven del turismo destaca en las calles y no es para menos. Mientras cada payanés espera con ansias brillar su Cristo personal la esquina de la calle 11 con 4 sigue con su multitud inmóvil, de hecho todas y todos los que están en esta esquina están quietos, paralizados, suspendidos, monolíticos en la pared, pero no están callados: son más de 200 retratos de diferentes personas de todo el Cauca, retratos en blanco y negro impresos en papel bond de 135 x 90 metros. En las fotografías los rostros de Caldono, Monte Redondo, Tambo, Guapi, Buenos Aires, Sotará, Silvia o San Andrés de Pisimbalá acusan a los transeúntes con su historia, con su mirada terrosa, con sus cicatrices de guerra, con sus tatuajes, canas, adornos o miradas, hablan de todo lo que la neutralidad blanca de Popayán no habla. Es el proyecto Celebremos Cauca, territorio de identidad híbrida, el que habla.

Este proyecto nació de los estudiantes de la Facultad de Artes de la Universidad del Cauca y del portal Voces del Vacío. Salió a la luz este viernes 8 de abril, todo gracias a un trabajo conjunto y vecinal. Desde las 10 de la mañana más de 30 voluntarios, convocados por grupos de internet, se pusieron la camiseta conmemorativa del empapelado y con pasta y papeles en mano salieron a estas calles a poner las imágenes tomadas por Michael Ben y Lady Chávez. artistas locales. El entusiasmo no podía ser menor dada la convocatoria y el ánimo que implica una intervención de este calibre en una ciudad con el precedente que tiene. Actualmente Popayán, capital del Cauca, no sólo tiene el mote de una de las ciudades más godas (conservadoras), sino que fue protagonista en los días del Paro Nacional (2021) por sus reiteradas acciones violentas contra los manifestantes indígenas y estudiantiles, además, según el Mapa de Riesgo de vulnerabilidad de las comunidades negras, la capital tiene uno de los índices más altos de afectaciones para la comunidad afro, sin contar con el histórico rechazo de la capital a la población indígena donde cada cierto tiempo se convocan encuentros de la Minga, parte de la comunidad étnica que en Colombia son unas 1’905. 617 personas cuya concentración en el Cauca es del 16%, en esta misma ciudad tuvo otra muestra de incomunicación y rechazo cuando la Fiscalía General de la nación se levantó, en la misma ciudad, de los diálogos que proponía para solucionar las acciones violentas que se dieron en el departamento para el mismo día del paro.

Lady Chávez, una de las fotógrafas, fue enfática en el impacto de la ciudad en los jóvenes al justificar la presencia recurrente de sus rostros en la intervención: también hay varios jóvenes en estos retratos porque son los que están en constante resistencia, y su afirmación no carece de sustancia: Viven en la misma Popayán donde el líder estudiantil Esteban Mosquera fue asesinado en los días, un mes después de que la cabeza cercenada del joven Santiago Ochoa enlutara con horror al departamento del Valle, a ellos se suman los 19 heridos que dejó en un solo día una de las movilizaciones y el hambre que no da tregua, su ciudad es la cuarta en el ranking de las capitales de Colombia con más pobreza extrema.

Además de las cifras, existe un violento simbolismo. En la ideología turística del país se promociona esta ciudad como la exuberante y colonial Ciudad Blanca. De hecho TODAS las calles de la ciudad natal del presidente gramático, que escribió un poema a un animal que no existe en Colombia, están pintadas de blanco, blanco manicomio, blanco institución, blanco homogéneo, blanco colono, blanco racista, blanco clasista, blanco excluyente. En sus paredes no hay espacio para la diversidad, para el grafiti, para esa voz del tiempo y del pueblo que tantas veces se graba en los muros. Varios de los voluntarios del papel pintado recordaron con tristeza y resignación la cantidad de murales y grafitis que se borraron durante la huelga, murales que fueron realizados no sólo por los manifestantes, sino también por niños, vecinos, vendedores ambulantes y todo tipo de personas que encontraron la oportunidad de participar en el caldeado ambiente de aquellos días a través del color, los trazos y el encuentro que supone intervenir en un espacio público. Al fin y al cabo, las calles son el ágora de la juventud, los muros son las páginas en las que las ciudades escriben sus historias. Pero esa escritura está prohibida en Popayán. Qué bueno será para los fabricantes de pintura blanca.

Foto por Michael Ben

En la noche de este mismo 8 de abril y después de que todo el colectivo bailara su cansancio en la pista de La Iguana se hizo el recorrido final del mural, Harold Sescué, consejero de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, ACIN, rompió la noche con unas palabras en las que destacó, no sólo la forma en que cada rostro contaba una historia, sino la persistencia de la paradoja de que cuando alguien de fuera de Popayán hace este tipo de intervenciones la gente aplaude, pero cuando los indígenas hacen su bienal de arte son totalmente ignorados por la ciudad que es, según sus palabras, clasista y racista.

Al día siguiente la sorpresa, no tan sorpresa, fue la misma: muchos de los retratos colocados tanto en el mural como en la portada de las ruinas del teatro ANARCOS habían sido rotos, incluso alguien logró captar a una mujer blanca rompiendo el retrato de un niño negro, a lo que el caricaturista DIABLO respondió:

Sin embargo, también ocurrió algo polémico, -para mí hermoso-, la pared principal, la de la 11 con 4 amaneció con otros carteles superpuestos, los carteles decían: “¿Dónde están?”, “Vida digna” o “Los queremos vivos”, frases poco conocidas en el país de los 6402 falsos positivos, es decir los desaparecidos y asesinados en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez que hicieron pasar por bajas en combate en la guerra contra la guerrilla de las FARC, civiles muertos por el ejército. En efecto, la mayoría de la población asumió que todas las personas representadas estaban muertas, desaparecidas o recientemente asesinadas.

Foto por Lina Alonso

Michael Ben logró identificar a quienes habrían puesto las imágenes y les preguntó la razón, la respuesta, como la de muchos transeúntes fue la misma “¿Entonces no están muertos?” y pues no. Cada una de las personas de esa efervescente multitud está viva, incluso muchos son amigos o familiares de los artistas, pero en el vacío de información entra la desafortunada suposición necrótica de los colombianos. La muerte para nosotros es un paisaje y por eso cuando vemos un rostro desconocido en un cartel asumimos directamente, como dice la costumbre del noticiero, que esa persona murió o está desesperadamente desaparecida. El otro colectivo interpretó los rostros a su manera y puso sus calcomanías a lo que otras personas respondieron, imprimiendo ese mismo día, carteles como “Estamos vivos”, “Cauca vive” o “No somos parte de los desaparecidos”, papel que se hubieran ahorrado si hubieran puesto el título del proyecto al pie de las imágenes.

Sin embargo, el resultado final fue un diálogo que se construyó en el muro, primero hablaron los rostros, luego respondieron los espectadores, después los colectivos y los duros contrapuntearon, no tuvieron más remedio que arrancar partes de esta conversación, amputar la conversación que se estaba dando en la ciudad blanca.

¿Qué pasó con esta conversación? Algunos se molestaron, otros, especialmente uno de los energúmenos extranjeros que hizo suya la supuesta ofensa, empezaron a responder, otros empezaron a documentar con imágenes o entrevistas las respuestas y dudas que suscitaban estas intervenciones entre los caminantes, la productora audiovisual Fanny Aparicio estuvo siempre atenta para captar estas reacciones, incluso el documentalista Fernando Restrepo tomó algunas imágenes de lo sucedido, sí, todos monitorearon la respuesta de los payaneses a la intervención.

Segundo día de empapelado

En la noche fuimos otro combo a cubrir una pared faltante del teatro Anarkos. Esa noche ocurrió la magia.

Un colectivo afro que pasaba por las calles reconoció a uno de los niños guapi. Su reacción, a diferencia de lo que había sucedido en el muro del estacionamiento, marcó una vuelta de tuerca. El gesto de celebración no se hizo esperar y, al preguntarles qué les parecía el papel pintado, una de las jóvenes respondió:

Video by Fanny Aparicio

Para ellos los retratos reclamaron un espacio en la ciudad que les ha sido negado, la imagen de sus vecinos en las paredes blancas que muchas veces los ha expulsado fue una conquista, lo simbólico tiene el poder de hermanar imaginación y lógica, posibilidad y realidad y ante las fotografías el gesto de este colectivo afro fue el de la alegría, el del reconocimiento, el de la identidad y el de la convergencia. Por el momento captado por el lente y por el momento en que sus palabras llenaron de alegría el fragmento de la noche, se entendió finalmente que el Cauca vive. Frente a la muerte, la imposición de la guerra y la desigualdad sistémica del Estado, frente al hambre y la represión, el miedo y la marginación de tantos rostros, en pocos minutos algunos cantaron “¡Celebremos también la diversidad!”

CODA:

Esta fue la bitácora de las jornadas de empapelamiento realizadas por el colectivo Voices From The Void, en alianza con Inside Out y los artistas, estudiantes y habitantes de Popayán.